martes, 28 de marzo de 2017

¿La fructosa es mejor que el azúcar?


Antes de nada... ¿Sabemos lo que son la fructosa y el azúcar?


La fructosa y el azúcar son hidratos de carbono. (Aplausos. Gracias, gracias.)

Simplificando mucho, los carbohidratos son nutrientes formados por unas unidades pequeñitas llamadas monosacáridos. Los carbohidratos aportan 4kcal por gramo.

Seguro que has oído hablar de carbohidratos simples y carbohidratos complejos. No te asustes my friend, no vamos a entrar en materia. A grandes rasgos, los carbohidratos simples son los que tienen poquitos monosacáridos y los carbohidratos complejos, los que tienen muchos monosacáridos.

¿Y qué más da que tengan muchos o pocos monosacáridos?
Sí que da, sí. Al final estos dos grandes grupos se distinguen fundamentalmente porque los carbohidratos simples se digieren mucho más rápido que los carbohidratos complejos, ya que como estos últimos están formados por muchas más unidades, dispuestas además en estructuras más complejas, al cuerpo le lleva más tiempo digerirlos y transformarlos en energía.

Perdona pero... ¿Para qué me has contado todo el rollo de los carbohidratos?
Te lo he contado porque generalmente, en el lenguaje de la calle y no estrictamente científico, se le llama azúcares a los carbohidratos simples, los que se absorben más rápido. Algunos de los carbohidratos simples que podemos encontrar en los alimentos son: fructosa, glucosa, lactosa, maltosa y sacarosa. Como dije al principio, todos ellos aportan 4kcal en 1 gramo. No voy a entrar a explicar uno por uno, pero aunque no son exactamente iguales ni tienen todos la misma composición química, la idea fundamental es que TODOS ellos acaban transformándose en glucosa. (Menos la glucosa, que como ya es glucosa, no tiene que transformarse -jeje-. Ese carbohidrato se absorbe directo directísimo).



AL LÍO. ¿Qué diferencia hay entre fructosa y azúcar de mesa?


El azúcar de mesa se llama sacarosa (compuesto por 2 monosacáridos), y está formado por fructosa (1 monosacárido) + glucosa (1 monosacárido).
Tanto la fructosa como la glucosa se absorben rapidísimo, porque no precisan digestión. En ese sentido, son exactamente iguales.

Entonces, ¿por qué a los diabéticos les dicen que tomen mejor fructosa?
Es por una sencilla razón.
La fructosa se metaboliza principalmente en el hígado y la glucosa, sin embargo, se metaboliza en casi todos los órganos. La fructosa no requiere de insulina para que el cuerpo pueda utilizarla, al contrario que la glucosa, puesto que los tejidos de todo el cuerpo la absorben de la sangre para obtener su energía (proceso en el que la hormona insulina se hace imprescindible). Como los diabéticos no pueden producir insulina, o sus tejidos han desarrollado una resistencia a la insulina, ellos pueden beneficiarse de esta diferencia entre ambos carbohidratos.

Además es diferente su índice glucémico. Todos los hidratos de carbono se transforman en glucosa después de absorberse por el intestino. Ahora bien, no todos lo hacen a la misma velocidad. Los más rápidos, como el azúcar común, producen una elevación mayor de la glucosa en sangre, lo cual es un problema para los diabéticos. Otros, como la fructosa, presentan una menor velocidad y aumentan más moderadamente la glucosa en sangre. Así, el índice glucémico de la fructosa es inferior al de la sacarosa o azúcar.
No obstante, a pesar de que sea mejor para un diabético, ello no significa que éste pueda ingerir fructosa sin problema. Ha de hacerlo moderadamente y no de forma constante (la opción por excelencia sería en su fuente original, la fruta, y de manera controlada). Todos los hidratos de carbono se transforman finalmente en glucosa y ello podría descontrolar su diabetes.

Para el resto de la población, da lo mismo sacarosa, glucosa o fructosa, porque no olvidemos que todos ellos dan lugar al mismo producto tras su metabolismo: 
GLUCOSA.


¿Significa eso que la fructosa es más sana o mejor?


Jeje. NO. Rotundamente NO. Lo que es sano es tomar los carbohidratos siempre en su fuente natural (frutas, verduras, lácteos, legumbres, frutos secos…), independientemente del carbohidrato que sea; y no en productos ultraprocesados (salsas, postres lácteos, galletas, barritas, mermeladas, zumos, cereales "de desayuno", untables, bollería, potitos, papillas, chocolatinas... -Aquí puedes verlos con todos los azúcares que contienen-) en los que los componentes se han extraído de su fuente natural y se encuentran concentrados, en proporciones mucho más altas que en la naturaleza, y sin otros compuestos beneficiosos para la salud que sí estaban en la materia prima, como serían la fibra, minerales, vitaminas, enzimas, polifenoles, antioxidantes y otros nutrientes.

Resultado de imagen de processed foods

Por ejemplo, la fructosa es sanísima si se ingiere comiendo una pieza de fruta, porque viene en su cantidad justa y además la fruta aporta muchos otros elementos que hacen que sea un alimento maravilloso; y deja de serlo si se toma como componente añadido en un producto procesado, como podría ser una mermelada endulzada con fructosa.

Mermelada endulzada con fructosa. 52 g de azúcares por 100 g


Conclusión:


Glucosa, fructosa, sacarosa, azúcar… ¡Al final es todo lo mismo! La industria alimentaria se aprovecha de estas confusiones típicas entre la población para colar gato por liebre (fructosa por glucosa o sacarosa) Pero al final son lo mismo… ¡¡¡AZÚCARES SIMPLES!!!

MI NUTRICONSEJO: No compres productos con estos ingredientes añadidos de forma artificial. ¡¡¡¡Consume materias primas y no tendrás que preocuparte por nada de eso!!!! 😉




 

-------- ZONA FITNESS -------- WARNING -------- BATIDACO’S AREA --------


NOTA PARA MI QUERID@ AMIG@ DEPORTISTA QUE SUPLEMENTA CON DEXTROSA O GLUCOSA Y NO CON FRUCTOSA DESPUÉS DE ENTRENAR:

No me muerdas. Ya sé que glucosa y fructosa no son estrictamente iguales a nivel de metabolización durante la actividad física. La glucosa puede dirigirse directamente a reponer el glucógeno muscular y la fructosa irá a reponer el glucógeno hepático. Si ya además nos ponemos a hablar de GLUT4 apaga y vámonos, que no me da la vida cari. Pero para el resto de mortales que no buscan aprovechar esa conocida “ventana anabólica” en el post-entreno, y hablando en términos generales de salud, las posibles diferencias que existen entre unos y otros carbohidratos, y de las que tú puedas beneficiarte durante la práctica deportiva, son irrelevantes cuando se trata de dar consejos nutricionales a la población general. Este es un artículo para mi amado populus, nosotros los plebeyos, la gente normal de la calle. ¡Es un mensaje para el mundo! ¡Para todos! (Em, Ya. Te has venido arriba. Y lo sabes.) Por eso no he querido entrar en detalles ni complicaciones, para hacerlo más accesible y ameno. Espero que puedas perdonarme por esta simplificación del mundo de los carbohidratos. Nos vemos por el gym, bro/sis! 💪😎





domingo, 26 de marzo de 2017

¿Por qué beber zumo nunca es igual que comer fruta?

ZUMO vs. FRUTA
Ilustración de mi colegui Arancha Manzano, que me hace las ilustraciones a demanda. Y a ti no. Se siente.


Desayunar con zumo para incluir fruta. ¿La opción más idónea?

Antes de contestar esta cuestión, debemos entender e interiorizar que no existe un desayuno único e idóneo como tal, puesto que las opciones son infinitas y no debemos limitarnos a la tendencia típica, repetitiva y poco saludable de recurrir al desayuno azucarado basado en bollería, galletas o “cereales de desayuno”.
Un desayuno saludable puede ser cualquier combinación de alimentos, preferentemente materias primas o que sean mínimamente procesados,  que nos aporten los nutrientes y energía necesarios para comenzar la jornada.
Debemos tratar de huir del arquetipo convencional de desayuno y dejar volar nuestra imaginación  optando por opciones más variadas y naturales, tanto dulces como saladas. Un tazón con leche o bebida vegetal, avena en grano, plátano troceado y un puñado de nueces puede ser una nutritiva y deliciosa manera de comenzar el día. También un revuelto de champiñones, queso fresco y una pieza de fruta; o un yogur con naranja, pasas y almendras son excelentes alternativas con las que podemos comenzar el día y disfrutar nutriendo nuestro cuerpo.

Café con leche, tostadas con aceite y tomate, y zumo natural de naranja recién exprimida… ¿La panacea del desayuno?

Parece que todos tendemos bien interiorizado que un zumo natural de naranja recién exprimida es una deliciosa y cómoda manera de tomar fruta, disfrutando de todos los beneficios que ésta nos brinda. Sin embargo, es una creencia completamente falsa. Beber un zumo nunca es igual que comer fruta, ¿o acaso tomar mermelada de naranja es igual que comer una naranja natural?

¿Por qué el zumo, incluso el natural, no es una opción saludable?

El zumo de fruta, ni es fruta, ni su consumo sustituye al de la fruta. Cuando comemos una pieza de fruta estamos incorporando a nuestra dieta una serie de nutrientes y componentes muy beneficiosos para nuestra salud. Además de ser una fuente de carbohidratos, la fruta nos aporta fibra, vitaminas, minerales, antioxidantes y agua.

Naranja natural vs. Zumo de naranja

Debemos tener en cuenta que para obtener un vaso de zumo de naranja necesitamos al menos dos o tres naranjas, por lo que de base un zumo de naranja nos aportaría una energía aproximada de entre 160-240 kcal frente a las 80 kcal de una naranja (150-200 g). Además, al obtener el jugo de la fruta y desechar la fibra estamos consumiendo una bebida alta en azúcares simples que poco tiene que ver con ingerir la pieza completa al natural.

¿Qué ocurre cuando comemos una naranja?
Cuando comemos una naranja, el simple hecho de masticarla envía señales a nuestros centros de saciedad que avisan de que estamos comiendo, además de que la fibra que contiene la fruta ayuda a hacer la digestión de forma más lenta, incrementando ésta sensación de saciedad. Debemos tener en cuenta además que ésta misma fibra es la que va a hacer que el azúcar pase a la sangre de una forma gradual y continua, controlando mucho más nuestros niveles de glucosa en sangre y sin necesidad de que se dispare la insulina. En el caso de otros zumos como el de pera o el de manzana, al eliminar la piel, estamos desechando también gran cantidad de vitaminas, antioxidantes y fibra que se encuentran ella.

¿Y cuando bebemos un zumo?

Por lo contrario, cuando bebemos un zumo lo hacemos en un tiempo mucho más corto, sin ser tan conscientes de que estamos ingiriendo alimento. Además, al tratarse de una solución azucarada sin fibra, el azúcar pasa rápidamente al torrente sanguíneo y los niveles de glucosa en sangre se disparan. Además, si el zumo es preparado llevará azúcar añadida en la mayoría de los casos, lo que multiplica sus efectos. A la larga, el exceso de azúcar en el organismo hace trabajar de más al páncreas, viéndose obligado a fabricar grandes cantidades de insulina que será la encargada de movilizar ese azúcar. Con el paso del tiempo ese sobresfuerzo del páncreas traerá como consecuencia una resistencia a la insulina, o lo que es lo mismo, no poder transportar la glucosa que sobra, por tanto, se acumulará en sangre hasta presentar una diabetes en toda regla con las complicaciones ya conocidas. Un problema añadido al consumo de azúcar es que existe una alta posibilidad de repetir por la baja sensación de saciedad que produce, con toda la problemática que conlleva.
NARANJA vs. ZUMO DE NARANJA
Esta imagen es mía. Lo sé, lo sé. Una obra de arte. Aunque no lo creas, no me dedico profesionalmente a la ilustración. Tómate tu tiempo para admirarla. No obstante, si ves que te estalla la córnea, haz un descanso de 2 min y luego retoma.

En resumen…
Tomar fruta en forma de zumo no dista demasiado de beberse un refresco azucarado. Consumir zumo en lugar de fruta aporta más calorías, menos fibra, menos vitaminas, menos sensación de saciedad y la posibilidad de tomar “más de la cuenta” es mucho mayor… entre otras cuestiones.

 Un consejo…

Si quieres variar e incluir la fruta de una manera diferente, divertida y deliciosa, prueba a hacer batidos o “smoothies” de frutas que no desechen la fibra que contienen de forma natural. Prueba cada día una mezcla diferente, ¡y a la batidora! Plátano y fresas, manzana y naranja, pera y melocotón… incluso puedes incluir verduras, hortalizas y raíces como el pepino, las espinacas, el apio o el jengibre. ¡Te sorprenderá lo original y delicioso que puede llegar a ser, y las opciones son infinitas…!
Y recuerda, si lo que tienes es sed, ¡bebe agua!

miércoles, 22 de marzo de 2017

Los superalimentos son los padres.

Lo siento pero ya tenías edad de saberlo. Lloros aparte, vamos allá con el artículo.


El elixir de la eterna belleza, el mejor antídoto contra el envejecimiento, la fórmula magistral para levantarnos con energía y vitalidad, la cura definitiva para todos los males…
Lo mires por donde lo mires, el brócoli, los albaricoques y la lechuga no tienen el glamour de las bayas de goji, la espirulina o la maca andina. Si estás en las redes sociales probablemente no acostumbres a ver fotos de táperes peraparados con lentejas o pisto de verduras, pero sí es habitual encontrar batidos verdes con té matcha, espirulina y chlorella, o rocambolescos desayunos a base de frutas y polvos concentrados de maca, acaí o moringa, coronados con diversas variedades de semillas como el lino o la chía.
Pero… ¿Son realmente los superalimentos tan maravillosos como los pintan? ¿Aportan verdaderamente los beneficios que se les atribuyen?
Se consideran “superalimentos” (es la mejor definción que he encontrado en la red, pero JA!) aquellos alimentos crudos que son más densos en nutrientes que los alimentos procesados y cocinados. Ricos en enzimas también, están llenos de vitaminas, minerales, fitonutrientes y fitoquímicos, que ayudan a protegernos contra las enfermedades. Contienen también grandes cantidades de antioxidantes, que tienen un amplio potencial terapéutico y propiedades anti-microbianas y anti-inflamatorias.

¿Qué hay de cierto en todo esto?

Como definición suena muy bien. Algo que comemos y que en poca cantidad nos aporta una buena dosis de nutrientes saludables para nuestro organismo y sin necesidad de tener que preocuparnos por si llegamos o no a los requerimientos necesarios para mantener un buen estado de salud. Cómodo, fácil, y además muy a la última… para qué nos vamos a engañar. Pero, ¿son realmente la panacea que nos venden?
A continuación os muestro una comparativa de la composición nutricional de algunos de los superalimentos más conocidos y las propiedades que se les atribuyen junto con otros alimentos más corrientes, económicos y fáciles de encontrar en nuestro entorno habitual y que pueden aportarnos beneficios similares. 

ESPIRULINA

 La espirulina es una cianobacteria microscópica azul-verdosa que crece en aguas cálidas y alcalinas y tiene forma de hélice o espiral, de ahí su nombre. A pesar de que la espirulina es pariente lejano de las algas kelp, no es una planta de mar.
Antes de seguir es necesario aclarar que los beneficios que se atribuyen a la espirulina no son en su versión natural en crudo, si no al concentrado (deshidratado y en polvo) de este alimento.
La espirulina destaca por ser una buena fuente de proteínas, vitamina K, ácido pantoténico, magnesio, potasio y hierro.
 Análisis
Antes de comenzar con el análisis es importante tener en cuenta que la espirulina se vende en el mercado a un precio medio de 80 euros/kg (8 euros/100 g) y el salmón se vende a 12 euros/kg.
Como podemos ver en la siguiente comparativa de una cucharada de espirulina y un filete de salmón, la cantidad de proteína del filete es de 39,3 g frente a los 4 g de la espirulina. En cuanto al ácido pantoténico, la espirulina presenta 0,2 mg y el salmón 3,3 mg; el magnesio de la espirulina ronda los 13,7 mg frente a los 57,4 mg del filete; 95,4 mg de potasio en la espirulina y 970 mg en el salmón; y 2 mg de hierro en la espirulina frente a 1,6 mg en el salmón.




En conclusión, un simple filete de salmón aporta cantidades similares (o superiores en la mayoría de los casos) de estos nutrientes, siendo un producto más económico, sabroso y sobre todo sencillo de incluir en nuestra alimentación diaria, ya que al final lo verdaderamente importante es que exista una adherencia real de la persona a unos hábitos alimentarios saludables.

 SEMILLAS DE CHÍA

Las semillas de chía son originarias de México, Guatemala y Nicaragua, y se consumen molidas como alimento debido a que se le atribuyen beneficios como ser una importante fuente de ácidos grasos omega-3, calcio, fósforo, magnesio, proteínas y fibra.
A continuación una comparativa de la dosis habitual de consumo de semillas de chía (un puñado de unos 28 gr) y una taza de almendras crudas (140 gr).
Análisis
Las semillas de chía tienen un precio aproximado de venta al público de unos 20-30 euros/kg (oscila mucho en función de si es molida o no y de la marca que la comercializa) y las almendras tienen un precio de unos 10 euros/kg.
Para comenzar, las semillas de chía aportan 4915 mg de omega-3 y aunque las almendras no aportan omega-3 (son fuente de omega-6), si podemos compararlo con los 3996 mg de omega-3 que aportaría el filete de salmón. En cuanto al calcio, la chía aporta 177 mg frente a los 313 mg de las almendras; las semillas de chía aportarían 265 mg de fósforo y 696 mg las almendras; 4,4 g de proteínas las semillas de chía y 31,8 g las almendras; y finalmente 10,6 g de fibra la chía y 15,1 g las almendras.



En conclusión, encontramos alimentos como el salmón y las almendras que son mucho más económicos, conocidos para el consumidor medio y fáciles de encontrar y cocinar, y que aportan beneficios nutricionales similares al de las semillas de chía. Esto no significa que se desaconseje el consumo de semillas de chía, puesto que es un alimento excelente desde el punto de vista nutricional, pero sí que no es imprescindible su consumo en la dieta, puesto que es fácilmente sustituible por otros alimentos locales más fácilmente disponibles y económicos.

ACEITE DE COCO VIRGEN SIN REFINAR

(Milagros a la de Lourdes. A la Virgen, digo.)
El aceite de coco es un aceite vegetal, conocido también como manteca de coco por ser sólida a temperatura ambiente. Se trata de una sustancia grasa que contiene cerca del 90 % de ácidos grasos saturados, extraída mediante prensado de la pulpa de los cocos. Esta grasa destaca principalmente por ser rica en ácido láurico (un AG saturado) con importantes propiedades antimicrobianas y antivíricas científicamente probadas. Otra propiedad de este ácido graso es que pertenece a los llamados de "cadena media" (AGCM). Generalmente la digestión de las grasas en nuestro organismo necesita la acción de la bilis, que la divide en gotitas más pequeñas sobre la que ya puede actuar la lipasa pancreática. En cambio los AGCM pueden ser absorbidos directamente por las paredes intestinales, sin necesidad de que la bilis ni ninguna enzima actúe sobre ellos. Esto es especialmente importante en bebés, cuyo sistema digestivo no está totalmente maduro y en personas que por alguna razón tienen disminuidas sus capacidades de digestión o absorción de las grasas (falta de vesícula biliar, problemas pancreáticos de cualquier tipo, resecciones intestinales, enfermedades inflamatorias intestinales…). A estas personas se les suplementa habitualmente con AGCM, y muchas fórmulas de alimentación artificial de uso hospitalario los contienen. Teniendo en cuenta lo siguiente, vamos a proceder a la comparativa.
Análisis
El aceite de coco presenta un precio de venta al público de unos 25-40 euros/litro (en función de si es ecológico o no, y de la casa comercial) frente a los 5 euros/litro del aceite de oliva virgen extra nacional.
El aceite de coco presenta un contenido en ácido láurico (ácido graso saturado de cadena media) de 44600 mg/100 g y el aceite de oliva no tiene este ácido graso en su composición. Sin embargo, el perfil lipídico del aceite de oliva es sin lugar a dudas mucho más saludable que el aceite de coco, puesto que el aceite de oliva presenta 13,8 g de ácidos grasos saturados, 73 g de monoinsaturados y 10,5 g de poliinsaturados; frente a los 86,5 g de ácidos grasos saturados, 5,8 g de monoinsaturados y 1,8 g de poliinsaturados que presenta el de coco. 





Teniendo en cuenta que en una persona sana, con un sistema digestivo capaz de digerir las grasas sin mayor problema, los AGCM no son necesarios, no pasa nada si no se consumen. Así que aludir al aceite de coco como imprescindible por su contenido en AGCM no tiene demasiado sentido. Por otra parte, sabemos que el perfil lipídico del aceite de oliva presenta propiedades cardiosaludables más que demostradas debido a su alto contenido en ácidos grasos monoinsaturados (ácido oleico). Teniendo presente todo esto, y sabiendo además que el consumo de aceite de oliva en España es mucho más sostenible y responsable desde el punto de vista medioambiental, dado que es un producto nacional. El aceite de coco sin embargo hay que traerlo desde destinos lejanos, lo que no resulta nada ecológico ni razonable. Si a todo esto le sumamos que tenemos el privilegio de que el precio del aceite de oliva es en España mucho más bajo que en otros países y a su vez más bajo que el de coco, no cabe ningún tipo de duda en que lo más lógico es priorizar el aceite de oliva frente al aceite de coco como principal fuente de aporte de grasa en nuestra dieta.

En conclusión…

No cabe duda de que los “superalimentos” constituyen una moda y no son algo nuevo. Hace años la comunidad científica denominó ingredientes funcionales a nutrientes que preservan la salud, contenidos en alimentos como el aceite de oliva, los frutos secos o el pescado azul.
No existe el superalimento como tal. En su lugar, más que de productos concretos, habría que hablar de patrones alimentarios. Aun así, es cierto que algunos alimentos son ricos en sustancias bioactivas o en fitoquímicos que están en el foco de investigación, como los flavonoides, carotenos, compuestos fenólicos… Todo ello hace de estos alimentos productos muy saludables, pero no curan: solo preservan la salud. Lo que aporta salud o la quita son los patrones alimentarios y no el comer algo aislado. Recordemos que algunas modas sirven para hacer negocios, y detrás de los conocidos “superalimentos” suele haber grandes intereses comerciales.
No hay ninguna duda: la mejor manera de aportar al organismo todo lo necesario es a través de una alimentación variada, basada en materias primas y rica en legumbres, frutas, verduras, frutos secos y cereales integrales, pero sin consumir en exclusiva un producto concreto. 

lunes, 20 de marzo de 2017

Confesión de una nutricionista que, antes que nutricionista, es humana.

Personalmente, creo que entender la nutrición únicamente desde el punto de vista alimentario es una impresión incompleta, totalmente insuficiente y escasa. ¿Por qué?
Alimentarse bien es un signo inequívoco de amor propio, de respeto y cuidado hacia uno mismo. Alguien que no se quiere no va a alimentarse bien, o al menos no de forma sostenida en el tiempo. Sólo una persona que se tiene en verdadera consideración invertirá realmente ese tiempo necesario en tratarse como merece, en nutrir su cuerpo, su mente y su alma. En dedicarse tiempo de cuidado a todos los niveles. Nutrirse en esencia.
No te puedes querer a medias. O te quieres, o no. De modo que no tiene sentido intentar alimentarte bien al tiempo que te maltratas o abandonas en otros aspectos fundamentales de la vida.





Además del concepto estricto de alimentación, hay otras dimensiones humanas, de gran importancia, y que nutren en esencia.

El conocimiento (filosofía), el que aporta esa sensación de crecimiento y plenitud, nutre.

Las relaciones humanas (y no humanas), aquellas relaciones naturales y sinceras que se establecen en sintonía, nutren también.
La conexión con la naturaleza, nuestra naturaleza al fin y al cabo, es extraordinariamente nutritiva. Es la vuelta a nuestras raíces, al lugar que siempre fue nuestro hogar. Es el entorno al que pertenecemos y del que en un determinado momento, por pretextos secundarios, acabamos desconectando. La naturaleza nos proporciona los alimentos que nos mantienen con vida. ¿Hay algo más fructífero y nutritivo que eso?

Entendiendo como nutritivo todo aquello que aporta bienestar, integridad, plenitud, equilibrio, crecimiento personal… Aquello que mima y suma.
La nutrición en sí misma, si es realizada con cariño y de forma consciente, como un acto de amor y cuidado propio, resulta definitivamente más sanadora y nutritiva que el proceso de alimentarse, estrictamente en su dimensión más fisiológica.



Comer menos carne salvará el planeta

En pleno siglo XXI, a pesar de encontrarnos en la indiscutible era de la investigación y el conocimiento, y de tener más acceso que nunca a cualquier tipo de información, es habitual encontrar con que la gente aún no entiende el vínculo entre el consumo de carne y el cambio climático. Sin embargo, es un hecho constatable que la producción desmedida de carne es el causa actual número uno del cambio climático a nivel mundial.




¿Qué produce más emisiones de gases causantes del efecto invernadero, criar vacas o conducir automóviles?

La respuesta podría dejarte petrificado, pero según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el sector ganadero genera más gases de efecto invernadero: 32.000 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) por año, un 18% más de CO2 que el que produce el sector del transporte. ¿Sorprendido?
La cría de vacas también es una de las principales causas del calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad.

¿Cómo es posible que el excesivo consumo de carne esté destruyendo el planeta?

La ganaderí­a industrial contribuye al cambio climático de diferentes maneras, pues consume combustibles fósiles para producir carne y además, es fuente de grandes emisiones de gas metano. El metano es uno de los tres gases que se consideran responsables del calentamiento global, responsable de ser 23 veces más efectivo que el dióxido de carbono atrapando el calor en la atmósfera. Durante las dos décadas pasadas, la concentración de metano en la atmósfera se ha duplicado.

¿Pero es realmente tan alto nuestro consumo de carne?

La producción mundial de carne se ha cuadruplicado en los últimos 50 años y el número de cabezas de ganando es tres veces mayor que la población humana. En otras palabras, la población de ganado se está expandiendo a un ritmo mayor que la población humana.

Los polos se derriten. ¿Qué tiene que ver esto con comer carne?

Según el informe La sombra alargada de la ganadería-aspectos medioambientales y alternativas (FAO, 2006), el sector ganadero es responsable del 9% del CO2 procedente de las actividades humanas, pero produce un porcentaje mucho más elevado de los gases de efecto invernadero más perjudiciales. El CO2 es inofensivo frente al cambio climático si lo comparamos con el óxido nitroso o el amoniaco.
La ganadería mundial genera el 65% del óxido nitroso de origen humano, que tiene 296 veces más potencial de calentamiento global que el CO2. La mayor parte de este gas procede del estiércol. La producción de carne industrial también es responsable del 37% de todo el metano producido por la actividad humana (23 veces más perjudicial que el CO2), que se origina en su mayor parte en el sistema digestivo de los rumiantes, y del 64% del amoniaco, que contribuye de forma significativa a la lluvia ácida.

¿Cómo afecta el consumo de carne a la tierra?

El informe de la FAO explica también que la ganadería utiliza hoy en día el 30% de la superficie terrestre del planeta. La tala de bosques para crear pastos es una de las principales causas de la deforestación, en especial en Latinoamérica, donde el 91% de los bosques que han desaparecido en el Amazonas se han talado para crear campos de cultivo suficientes para poder alimentar toda la carne de ganado que se demanda a nivel mundial. Una locura.

¿Qué efectos tiene sobre el agua?

La producción de ganado utiliza el 8% del agua de consumo humano principalmente a través del riego de los cultivos para alimentar a los animales. Se estima que para producir 1 kg de carne de vacuno intensivo son necesarios 20.000 litros de agua. La ganadería intensiva es, además, la mayor fuente de contaminación del agua (10 veces más a la contaminación del agua en comparación con la contaminación del hombre y 3 veces más que la contaminación de la industria del aceite, carbón, acero y manufacturas combinada) contribuyendo así a la eutrofización y degradación de ríos y litorales. Las fuentes de contaminación proceden de las heces, residuos de los piensos (antibióticos, metales pesados), hormonas, así como de los pesticidas y fertilizantes utilizados en los monocultivos de grano para pienso. Además, el sobrepastoreo afecta al ciclo del agua, e impide que se renueven los recursos hídricos tanto de superficie como subterráneos.

¿Cómo se ve afectada la biodiversidad?

El número de animales producidos para consumo humano también representa un peligro para la biodiversidad de la Tierra. El ganado constituye un 20% del total de la biomasa animal terrestre, y la superficie que ocupa hoy en día antes era hábitat de especies silvestres. En 306 de las 825 ecorregiones clasificadas por WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza), el ganado se considera actualmente una "amenaza", y 23 de las 35 "zonas mundiales de gran concentración de la biodiversidad" de la lista de Conservation International resienten los efectos de la producción ganadera.

¿Es viable el consumo de carne como lo hacemos en la actualidad?

El estudio llevado a cabo por la FAO (United Nations Food and Agriculture Organisation), la USAID (US Agency for International Development) y el Banco Mundial concluyó que las granjas industriales "actúan directamente sobre la tierra, el agua, el aire y la biodiversidad a través de la emisión de desechos y contaminantes animales, el uso de combustibles fósiles y la sustitución de las fuentes genéticas animales. Además, esto afecta a la distribución global de la tierra, al repercutir sobre la tierra cultivable para satisfacer las necesidades de alimento concentrado para el ganado. Las emisiones de amoní­aco procedentes del almacenamiento de los residuos  localiza la acidificación de la tierra y la contaminación local de aguas y tierras".
Nuestra alimentación está basada en productos de origen animal y sabemos que su repercusión medioambiental es muy alta. Un kilo de carne es muy poco eficiente energéticamente, y mucho menos sostenible que un kilo de verduras. En pocas palabras, el consumo de carne en los ritmos actuales no es sostenible.

Tomando conciencia... Algunas cifras esclarecedoras.

  • Producir 1kg de proteína a partir de ternera es mucho más costoso que obtenerlo a partir de legumbres. Concretamente requiere: 18 veces más superficie de tierra, 10 veces más agua y 9 veces más combustible.
  • Una granja con 2500 vacas produce diariamente la misma cantidad de basura que una ciudad de 411000 personas.
  • Una dieta basada en carne requiere 18 veces más tierra que una dieta vegetariana.

Mirando hacia el futuro. ¿Cuáles son las posibles soluciones?

La Huella Ecológica global ha aumentado más de un 50% desde 1966, especialmente debido a la huella del carbono, que ha aumentado 11 veces desde 1961. La Huella Ecológica es el área requerida por la gente para proporcionar los recursos que utiliza, para infraestructuras y para absorber el CO2 emitido.  Si se continúa con la actual gestión tradicional, la humanidad necesitaría 2 planetas en 2030 y casi 3 en 2050 para satisfacer sus demandas. 
Teniendo en cuenta estos datos, es evidente que necesitamos tomar medidas urgentes e inmediatas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y como hemos visto, la producción desmedida de carne es el principal causante del cambio climático a nivel mundial.
El informe de la FAO recomienda una serie de medidas para mitigar los peligros que plantea el ganado para el medio ambiente pero todos parecen muy lejanos para los ciudadanos comunes y corrientes, que la mayoría de las veces estamos al margen de las decisiones políticas. Sin embargo, a nivel de consumo, hay algo que sin duda podemos hacer para frenar estos daños: comer menos carne y sustituir progresivamente las proteínas de origen animal por las de origen vegetal. Además de ser mucho mejor para la salud (como recordaba hace poco la OMS en el informe sobre carne roja y cáncer) y para la justicia global, si España apostara de nuevo por la dieta mediterránea, las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la producción de alimentos bajarían más de un 70%. Mientras tanto,  las emisiones de CO2 de las personas vegetarianas son un 50% menores que las de quienes consumen carne a diario y las de las veganas, más de un 60%. Normal: para producir un kilo de ternera se emiten 27 kg de CO2-eq y para el mismo peso de lentejas solo 1 kg (sin hablar de la tremenda diferencia en consumo de agua, tierra e impacto en la biodiversidad).

Una iniciativa muy conocida que está ganando cada vez más adeptos son los Lunes sin carne (Meat Free Mondays) una campaña internacional que alienta a las personas a no comer carne los lunes para mejorar su salud y ayudar al planeta. Bajo el lema “Si quieres cambiar el mundo, empieza por tu plato”, se ha convertido en una forma de tomar acción asequible y al alcance de todos.
¿Te animas a sumarte a esta campaña sin ánimo de lucro? Puede que sólo suponga un pequeño cambio en tu estilo de vida, pero sin duda con grandes repercusiones que beneficiarán a tu planeta.
(http://www.lunessincarne.net/)

En conclusión…

Si quieres impactar menos al planeta, reduce la cantidad de carne que comes.
Por supuesto es importante no olvidar los otros pilares para no impactar al medio ambiente con la comida:
  • Comprar local y de temporada
  • Comprar reduciendo los envases
  • No tirar comida